Con el despertar de la primavera, celebramos la Semana Santa, fechas en las que lo religioso y lo pagano se unen, y en que las cofradías de paredes juegan un papel muy importante, saliendo a las calles con ferviente devoción, llevando sus pasos en procesiones, ataviados con sus mejores túnicas y capirotes. El Jueves y Viernes Santo desfilan dos grandes cruces de madera llevadas cada una de ellas por dos penitentes, que representan a Nuestro Señor Jesucristo y el otro al Cirineo, vestidos con túnicas negras, con los pies desnudos, cubiertas las cabezas con pelucones que ocultan las caras y con una impresionante corona de espinas sobre la cabeza. En la procesión del Viernes Santo aparece el “Amor Divino” representado por un niño cuya edad no supera los cinco años acompañando a una de las cruces que se encuentra en el paso, unido a esta por una larga cinta de seda que le ata por la cintura.

Es de arraigada tradición en estas fechas, que se juegue a las Chapas, juego de azar que consiste en utilizar dos monedas de época Alfonsina, que se encuentran en posesión de uno de los jugadores y que elige “Caras” o “Cruces”, junto a una cuantía para su apuesta, los demás jugadores apuestan contra él, hasta cubrir la apuesta. Este jugador lanza las chapas al aire, y si al caer sale la opción elegida por este, los demás jugadores pierden su dinero, pero si sale la contraria, los jugadores doblan su apuesta.

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